Las manos que revivieron las obras de La Chinita

Manuel Hernández, Johan Galué y Mario Colina. Foto: Estefanía Reyes

La Basílica de La Chinita no solo es un espacio de culto y devoción. Sus paredes también guardan el patrimonio artístico y arquitectónico de una ciudad que cuenta parte de su historia a través de su iconografía.

Sin embargo, el tiempo y el salitre han borrado una parte importante del registro de nuestra fe. Por eso, consciente de la importancia de rescatarlo, el padre Eleuterio Cuevas, antiguo párroco de la basílica, juntó a un equipo de artistas y restauradores que emprendieron la titánica tarea de rescatar nuestra memoria.

El primero en asumir el reto fue Johan Galué, un joven artista plástico, egresado de la Universidad del Zulia, a quien el padre conoció a través de su trabajo en los techos de la Academia de Policías del municipio San Francisco. Algo vio la autoridad en sus pinceladas y en su orgulloso regionalismo que lo convenció para proponerle trabajar en los frescos del templo más importante en el corazón de los zulianos.

Pero Johan sabía que no era un trabajo que podía asumir en solitario. Así que llamó a dos colegas que tenían experiencia en restauración y les planteó el ambicioso proyecto. A partir de ese momento, Manuel Hernández, un arquitecto que ha hecho más carrera en el arte que en su profesión, y Mario Colina, un reconocido pintor de la ciudad, se sumaron a la ecuación.

Juntos, luego de una ardua tarea asumida por el párroco para recolectar los cuantiosos fondos que se necesitaban, iniciaron en febrero de 2015 la restauración de una sección de los murales del templo, pero (como esperaban) el camino no fue un campo sin mellas.

Antes y después de uno de los murales. Foto: Cortesía de Johan Galué

“Lo primero que tuvimos que hacer fue detener el daño. Habían muchas zonas que se empezaban a desprender (por culpa del salitre). Así que antes que nada, hicimos un registro fotográfico ya que había que quitar esas capas, curar esa área y luego pintarlas de manera idéntica”, cuenta Colina.

Una de las partes más retadoras fue trabajar en las zonas desprendidas, de las que no existía información en los registros y acervos. Era un ejercicio complejo y algo místico: meterse en la cabeza Pablo Castellani, el autor original de los frescos de la basílica, y recrear con la mayor exactitud posible las pinceladas que él mismo dio hace más de 80 años.

Un cuarto integrante se sumó al equipo, unos meses después, cuando el Instituto de Patrimonio Cultural en Venezuela (IPC) solicitó la participación de un restaurador acreditado por el organismo, que velara en su representación por el resguardo de las obras. Ese hombre fue Miguel Márquez, un artista plástico venezolano con estudios en Europa sobre restauración de iglesias. Así fue como el experimentado restaurador se convirtió en el coordinador general del proyecto.

Cada día, el equipo iniciaba su jornada a las 7 de la mañana y concluían al finalizar la tarde. Al principio, pintaban con un susto en el estómago, al trabajar sobre unos andamios instalados a unos 8 metros de altura. Luego, eso dejó ser un problema. Se acostumbraron también a no perder la concentración mientras la vida en la basílica transcurría con la misma normalidad de siempre: las parejas que se casaban, los niños que se bautizaban, los devotos asistían a sus misas regulares.

El trabajo de un restaurador requiere de mucha meticulosidad. Los artistas utilizaban pintura a base de agua y pinceladas muy sutiles que, en caso de una equivocación, pudiesen fácilmente corregir. Al final de la jornada, levantaban un informe donde detallaban todos los materiales utilizados y cada paso realizado.

“Estamos orgullos de haber aportado, con nuestro talento y conocimiento, a un proyecto tan importante”, aseguró Johan desde el lugar que durante más de un año se convirtió en su segunda casa.

Los honorarios que estos cuatro artistas recibieron representan muy poco frente al inmenso trabajo que realizaron y lo honrados que se siente de haberle hecho. Hoy, 18 de noviembre, 41 años después de la muerte de Castellani, su obra principal, el cuadro de una anciana exclamando “milagro, milagro” mientras observa la imagen de la Virgen en la tablita, recibe a los feligreses con un nuevo brillo. Y eso, concluyen los artistas, no tiene precio.

 

Mural de Pablo Castellani, realizado en la Basílica de Chiquinquirá hace más de 80 años. Foto: Estefanía Reyes

Estefanía Reyes

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