Una larga espera ¿te duelen los abuelos?

Foto: Mysol Fuentes

El Sol y la lluvia caen sobre ellos. Ojos rojos y vidriosos son la evidencia del trasnocho. Un estruendo en el estómago recuerda que no hay con qué comer. Contados billetes descansan en los bolsillos, mientras los ancianos, con ceño fruncido y pies hinchados, aguardan en una interminable cola.

Largas filas visten cada mes las fachadas del Bicentenario. Los conductores pasan sin imaginar el drama que vive cada adulto mayor que aguarda el pago de su pensión, mientras que la indignación, la rabia y la impotencia carcomen durante la espera.

Más de 100 personas pasan la noches a la intemperie con camas improvisadas de cartón, sin cobija y sin chaqueta. Los abuelos cabecean en la madrugada rogando que al día siguiente la odisea acabe. Sin embargo, cuando llega la mañana, el esfuerzo no vale nada cuando oyen unas simples palabras: “atenderemos a 50 personas”.

¿Por qué no se van? dirán algunos, pero ellos responden y coinciden: “Vengo de El Moján, de Paragüaipoa, de la Alta Guajira, de Mara, de Los Puertos, de Sinamaica… y no tengo pa’ devolverme”.

 

 

 

El anhelo por el efectivo es casi palpable para quienes viven lejos de la metrópolis. “Tengo que tener efectivo ¡Allá en la Guajira dónde va a haber punto!”, dice alterada Rosario Paz. Por su parte, Ana Fuenmayor cuenta: “40 y hasta 50 por ciento cobran en el Moján si pago con tarjeta. Un kilo de arroz me cuenta 15 en efectivo y 28 con punto. Por eso vengo a cobrar”.

“Tengo dos años cobrando pensión y nunca había visto esto”, expresa María de Sánchez (68)

 

Un nudo en la garganta, el corazón chiquito y  ojos aguados, es la mínima reacción de quien presencia la salida en brazos de Ramón Fuenmayor (79) del banco cuando rechazan pagarle la pensión. Él sufrió recientemente un ACV, y apenas es consciente de lo que sucede cuando lo ponen dentro del vehículo que lo transporta. Su hija, cuenta enardecida que ante el estado de salud de su padre, el temblor de la mano le impidió firmar para poder cobrar. Ni la tarjeta, ni la cédula ni la libreta fueron garantes para poder obtener su beneficio.

 

 

El poco y a veces escaso dinero ocasiona que los ancianos eviten la descompensación con mangos y naranjas de los alrededores. Otros, relatan cómo dividen un pastel en dos comidas, o cómo su familia debe llevarles alimentos para poder aguantar. Otros, no comen. Se vuelven prisioneros del desespero en una cárcel al aire libre. Sin baño ni salida.

Sin distinción ni consideración, enfermos y discapacitados esperan por algo de piedad para ser atendidos primero, en tanto, algunos con dolencias propias de la edad se quejan cuando les piden informes médicos actualizados. Artrosis de rodillas y tensión arterial fueron las molestias más escuchadas.

Sául Molina (62) cuenta avergonzado cómo durante la espera, ante una hipotensión que le provocó desvanecimiento, naúseas y sudoración fría, defecó en su pantalones involuntariamente, y aún así, luego de 24 horas, no ha sido atendido.

“Aquí se pueden estar desmayando y no te dejan pasar”, grita a lo lejos un mayor.

“Tengo tres días durmiendo aquí. Hoy vino mi mujer para yo poder ir a bañarme y comer. Uno se cansa, se pone cochino. Esto no puede decir, y nadie dice nada”, pelea Marcelo Franco de 73 años.

Así, entre quejas, hambre y un sofocante Sol, los abuelos pernoctan anhelantes. Algunos solos, otros tantos acompañados, ante una espera que no termina.

 

 

Noryelín Faría

Fotos: Mysol Fuentes

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