Hay lugares donde el tiempo no pasa, sino que se queda a vivir. La casa Nro. 14-7 de la calle 94, mejor conocida como la Calle Carabobo, es uno de ellos.
Bajo ese techo de tirantes de madera y tejas de arcilla, el bardo Udón Pérez no solo residió; allí destiló la esencia de un pueblo para convertirla en versos. Ayer visitamos ese espacio donde la historia nuestra nos acaricia el rostro como una suave brisa que viene del Lago.
El estudio donde nació «Sobre Palmas»
Entrar al estudio-biblioteca de Don Udón es retroceder a la madrugada de 1909. En ese rincón de luz tamizada por grandes ventanales, el poeta —cuyo nombre civil era el muy maracaibero Abdón Aniceto del Real Pérez— compuso las estrofas del Himno del Zulia. No fue un encargo frío; fue un acto de amor parido en la intimidad de su hogar, rodeado de los libros que eran sus confidentes y el silencio cómplice de su esposa, Herminia Luengo.
De hogar a refugio cultural: El legado de Corpozulia
Hoy, la casa donde el bardo viajó a la eternidad aquel 24 de julio de 1926, ha mutado para seguir sirviendo a la ciudad. Funciona como oficina de la Gerencia de Creación, Patrimonio y Turismo de Corpozulia, pero mantiene su alma abierta al público.
Conversamos con Jiolexy Santos, quien nos guio por los pasillos que alguna vez recorrieron los siete hijos del poeta: el destacado médico Humberto, el servicial Víctor, su homónimo Udón, y las herederas de la ternura familiar, Herminia, Aurora, Zoraida y Leila.
Un café para la tertulia y el arte
El lugar vibra con una nueva energía. Santos nos mostró la curiosa «factoría» o máquina para tostar café que perfuma el ambiente, evocando aquellas tertulias que tanto le encantaban al poeta. El espacio ahora integra:
- Galería de Arte: Paredes que hoy sostienen la mirada de artistas contemporáneos.
- Arte Café: Un rinconcito acogedor para la artesanía y el encuentro ciudadano.
- Visitas Guiadas: Los colegios de la ciudad frecuentan el recinto para que las nuevas generaciones entiendan que el Himno no es solo una canción, sino un legado nacido en un escritorio de madera en el corazón del centro.
El viaje a la eternidad
Udón Pérez murió joven, a los 55 años, dejando un vacío que solo pudo llenar su obra. Su casa 14-7 sigue siendo el faro de la Calle Carabobo. Visitarla hoy no es solo un acto de turismo; es un reencuentro con la raíz de nuestra identidad, allí donde el «Gran Bardo» sigue escribiendo, entre sorbos de café y susurros de historia, el destino del Zulia.
Una joya sobre Udón Pérez de la revista Viejo Zulia
HOMBRE COTIDIANO
Udón se levantaba temprano y corregía algunos de sus poemas. Cerca de las 10:00 de la mañana ya estaba vestido, casi siempre de blanco lino. No le faltaba bastón ni sombrero. Impecable.
Prefería caminar antes que aceptar las constantes «colitas» que le ofrecían los choferes. Recorrer la Plaza Baralt era su primera aventura cotidiana. Allí topaba con vecinas tempraneras que espiaban la calle a través de las ventanas. Gentiles muchachas le ofrecían el brazo; todos querían el privilegio de compartir con el poeta, y para ellos, Udón siempre tendría una rima.
RECUERDOS DE FAMILIA
El héroe bigotudo que era Udón, a veces con revólver al cinto, escanciaba tragos de brandy añejo mientras su mirada se perdía en el confín de la memoria:
«Mi padre, Santos Pérez, transportista, vivía de sus viajes desde Maracaibo a la Guajira. Se casó con una muchacha de La Cañada llamada Josefa Machado, cuya madre era una mujer muy fuerte, tipo caudillo; era mi abuela. El hombre no tardaría en marcharse a Sinamaica, donde sería enterrado…».
Con su madre se quedó el muchacho, Udón Antero, quien sería famoso por sus letras. Recordaba con nostalgia la Maracaibo de su infancia: «Había una gran modestia de la pobreza… No era miseria, porque aquí nadie pasaba hambre». Un menú de la época lo confirmaba: un plato de mondongo por 25 centavos, una arepa por una locha y un bistec por doce cobres.
EL ESPÍRITU DE LA CIUDAD
La ciudad le pertenecía. Era su verbo el que convertía a la pequeña urbe en ciernes en su principal escenario. La gente lo llamaba, con orgullo gregario, «El Príncipe».
A la par que construía versos para narrar episodios épicos, también repartía metáforas entre el pueblo para sus distintos acontecimientos sociales: un poema para un bautizo, una elegía a la madre o un juramento encendido de amor eterno. Todo pasaba por su «máquina versificadora».
Era un hombre de carácter fuerte, pero siempre listo para repartir palabras como prodigios. Por eso lo querían tanto. Udón contemplaba el crecimiento de su tierra: el tranvía cruzando Bella Vista con farragoso estruendo, los primeros 200 teléfonos de finales del siglo XIX y la pujanza cultural bajo el gobierno de Jesús Muñoz Tébar.
EL OCASO DE UNA LEYENDA
En los bares famosos de la ciudad, como La Zulianita de don Pradelio Angulo, Udón mordisqueaba con frucción un puro de La Habana. Al saludarlo los parroquianos con un «¿Cómo está, poeta?», él respondía vociferante como un trueno: «¡Aquí, feliz de verlos caminando por Maracaibo!».
Udón Pérez falleció de un paro cardíaco el 24 de julio de 1926. La ciudad lo lloró como por nadie nunca antes lo había hecho. Era ya una leyenda viviente.
Como tributo a su memoria, queda su obra grabada en el alma del estado:
«Ante la infamia, ante el vicio inmundo, / podrá callar el mundo; / la justicia fallar, si mal se inspira / mas no mi maldición a los perversos / mientras estalle en versos / la cólera sagrada de mi lira».
Este texto es un tributo al creador de la letra del Himno del Zulia, ganador de más de 50 concursos líricos y eterno enamorado del paisaje lacustre.
JC
Noticia al Día