Jueves 04 de junio de 2026
Al Dia

Crónica sobre una velada de jazz donde reinó el espíritu libre

La Compañía Residente Jazz Baralt celebró su primer aniversario, la noche del pasado viernes 3, en la Gran Sala del Teatro Baralt.

Crónica sobre una velada de jazz donde reinó el espíritu libre
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La Compañía Residente Jazz Baralt celebró su primer aniversario, la noche del pasado viernes 3, en la Gran Sala del Teatro Baralt.

La lluvia afectó la presencia del gran público, pero esta reseña periodística parte de un supuesto mágico: en verdad todos los asientos estaban ocupados, esta vez por los más insignes fantasmas del género de la libertad.

Con permiso de ustedes, gentiles lectores, pretendo reseñar una magistral sesión de música con ángeles que la música mantiene en su cielo. Afina la atemperada clave mientras la historia nos permite usar la imaginación para escuchar al espíritu del maestro Dizzy Gillespie tronar: "El jazz es sobretodo imaginación y libertad. La música y los músicos vamos acercándonos poco a poco".

Quienes se perdieron ese concierto aniversario, sobretodo aquellos declarados amantes del jazz (supongamos, Daniela Núñez o César Seco, para solo citar sendas voces melómanas de mis afectos), habrían delirado con la monumental banda del maestro bajista Alfredo Franco, encargada de abrir una noche cargada de energía, allende los rayos, truenos y centellas que afuera reclamaban su entrada.

Sabía la madre naturaleza que su traje de lluvia no impediría la presencia en el Baralt de aquella pléyade de espíritus congregados: desde los muy nuestros, digamos, Aldemaro Romero, Jerry Weill y Tony Monserrat, a quien su colega y paisano maracucho, pianista Allan Phillips, recuerda con profundo regocijo. Y ese cónclave jazzístico de viernes por la noche, ese “aquelarre de síncopas vertiginosas” (imagínense los bateristas que tocaron:

¡Lorenzo “Pachín” Hansen y el maestro Simón Bolívar!) llenó el Teatro Baralt de amigos invisibles del candidato a Nobel de Literatura, Haruki Murakami: Chet Baker, Benny Goodman, Charlie Parker, Fats Waller, Art Blakey, Stan Getz, Billie Holiday, Cab Calloway, Charles Mingus, Jack Teagarden, Bill Evans, Bix Beiderbecke, Julian Cannonball, Adderley, Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Miles Davis, Charlie Christian, Eric Dolphy, Count Basie, Gerry Mulligan, Nat King Cole, Dizzy Gillespie, Dexter Gordon, Louis Armstrong, Thelonious Monk, Lester Young, Sonny Rollins, Horace Silver, Anita O’Day, los chicos The Modern Jazz Quartet, Teddy Wilson, Glenn Miller, Wes Montgomery, Clifford Brown, Ray Brown, Mel Tormé, Shelly Manne, June Christy, Django Reinhardt, Oscar Peterson, Ornette Coleman, Lee Morgan, Jimmy Rushing, Bobby Timmons, Gene Krupa, Herbie Hancock, Lionel Hampton, Herbie Mann, Hoagy Carmichael, Tony Bennett, Eddie Condon, Jackie y Roy, Art Pepper, ¡Frank Sinatra! y Gil Evans.

Desapercibidos pasaron, mientras libaban en el bar de la librería, los delegados cariocas: Elis Regina, Heitor Villa-Lobos, Gal Costa, Preta Gil, Antonio Carlos Jobim, Vinicius de Moraes, Hermeto Pascoal, Sérgio Mendes, Astrud Gilberto, Baden Powell, Tom Jobim, y João Gilberto, todos invitados por mí y por Lenín Nieto, al igual que a los maestros argentinos Ástor Piazzolla, Roberto Goyeneche, Gato Barbieri y Lalo Schifrin. Estaba lleno el Teatro Baralt de asombros y perplejidades.

Desde la calle Carabobo, donde estuvieron fumando, llegó la linda pareja que conforman Merce Cunningham y John Cage. Ellos quieren alquilar esa casa de dos pisos que está al lado del Palmarejo.
Esta no es una broma cualquiera. Juro que ví y presentí a Edgar Alexander, Henry Stephen, Eduardo Rahn, Havid Sánchez y a Juan Belmonte, quien llegó con su tocayo Juan de Dios Martínez y con el violinista Clemente Izaguirre. También estuvo un melómano excelso, Enrique León, con Heriberto Molina Vílchez y Gladys Vera.

Todos iban llegando, dulces y hermosos en sus inolvidables galas espectrales. También periodistas, como Eduardo Fernández, Teresa Montiel y Adela Díaz.

No, nunca estuvo vacía la Gran Sala del Teatro Baralt, donde saludamos con profundo afecto a Magdelis Valbuena y su bella familia, al director general Jesús “Mito” Lombardi, a la melómana Tata Rodríguez, al especialista en jazz Germán Acero, a los comunicadores Gustavo Villarroel y Cynthia Tariche, todos muy vívidos y emocionados como esa intangible audiencia magnífica. La posverdad afina en clave de Mí y dice: En el plano musical, lo importante es la improvisación, no la composición. En el plano sociológico, lo importante es expresar la sensibilidad, el estado de ánimo y las capacidades artísticas de la
comunidad negra, no hacer bailar a la gente.

El maestro bajista Alfredo Franco posee una carrera increíble: tocó con los grandes del género, en Nueva York, Los Ángeles y otras grandes capitales de la música. El dirigió las orquestas que acompañaban a estrellas populares como El Puma o Enmanuel.

Esta noche de viernes dirigió a Juan Carlos Villalobos mientras cantaba sus arreglos para el tema “Barlovento”, en tiempo que iba entre el bossa nova y la gaita. Una genialidad estupenda. Antes comenzó con su banda el show y el tema “Sin retorno”. A él le acompañaron Eduardo Vega, saxofonista; Cristian González, trombonista y Juan Villalobos en la trompeta; Edgar Valero en el teclado y Rubén Villasmil en la percusión acompañando al maestro Bolívar. ¡Una bandaza…!

También un excepcional bajista, el joven maestro Lenín Nieto, director artístico de Jazz Baralt reflexionaba luego de la cósmica velada “noética”: La noche de viernes nos dejó muchas enseñanzas. Una, que la música no de depende de su popularidad para ser. Ella no es vanidosa, pues solo necesita fluir para ser plena. El Jazz en Maracaibo, hoy en su mejor momento según creo, nunca ha sido del interés del colectivo y es hasta como elitesco.

Así se ha percibido, por su escasa difusión en medios y en la escena musical viva. Tal vez la idiosincrasia del maracucho propicia que no está arraigado a nuestra cultura. Aún así, el Teatro Baralt apostó por una propuesta que este 3 de octubre cumplió un año de vida, Jazz Baralt compañía residente, dedicada a la creación de espectáculos relacionados al Jazz, que en su primer año, realizó el primer festival de Jazz de la Ciudad.

También participó en un homenaje a nuestro querido Beto Frangieh y luego recibió a Elisa Lecuyer y Clement Simon, siendo los primeros artistas internacionales que pasan por la compañía.
La verdad es que -agrega Nieto-aún en circunstancias ingratas, la música, como la esperanza, se acobija en la luz y llena almas con su esplendor, sin importar que la agredan o ignoren, siempre subirá a las tablas para dar lo mejor de sí.


Jazz Baralt y Los Pachín Brothers (Lorenzo Hansen, batería; Peter Botfalusi, percusionista y Miguel Iriarte, guitarra), convencidos que las butacas circunstancialmente serán ocupadas o no, mantenemos nuestro compromiso con la música que deja a su población su aporte en el alma. Junto con la hermosa intensa bailaora Paola Nava están fraguando un concepto que, desde las entrañas de esa mágica magistral audiencia por este Cronista Barroco concitada, generó un espectacular momento histórico.


Fue entonces cuando caí en cuenta que ese hombre altísimo que estuvo sentado al lado del arquitecto Lombardi Boscán era, nada más y nada menos, que ¡el fantasma Julio Cortázar!, quien se me acercó y susurró al oído si podía invitarme a fumar uno de sus “calloises” en el jardín de Lilia Boscán de Lombardi (elegante y discreta, junto con su invitada, María Calcaño). Fue allí donde me regaló unas hojas arrancadas de su novela “Rayuela”, el Capítulo XVII, donde ahora les leo, para despedirme:


“[El jazz]…es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal y precariamente los devuelve a un origen traicionado, les señala que quizá había otros caminos y que el que tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizá había otros caminos y que el que tomaron era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de caminar y que no los tomaron, o los tomaron a medias, y que un hombre es siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombre porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera…”. El Cronista Barroco.

¡Salud!
Alexis Blanco (Texto e imágenes)

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