Jueves 04 de junio de 2026
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La película de terror que fue verdad: Una loba asesina

De la espesura del monte brotó una sombra gris, veloz, implacable. No era un mito. Era una loba descomunal, empujada por un instinto feroz. En un parpadeo de terror puro, el animal ignoró los gritos desesperados de la madre, clavó su mirada en el objetivo más vulnerable y se abalanzó sobre el niño más pequeño.

La película de terror que fue verdad: Una loba asesina
La película de terror que fue verdad: Una loba asesina
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El horror no nació en las pantallas de Hollywood. En 1974, la Galicia profunda vivió una pesadilla real donde la muerte acechaba entre la maleza, con colmillos afilados y ojos hambrientos.

Hay historias que Stephen King desearía haber escrito, pero que la realidad esculpió con sangre. Corría el año 1974. En un campo desolado cerca del caserío de Currás, a unos 115 kilómetros al sureste de Santiago de Compostela, el aire gallego era denso, pesado, como si el mismo paisaje supiera lo que el bosque estaba a punto de parir.

Luisa Pérez trabajaba la tierra. Agachada, hundiendo las manos en el barro, plantaba patatas. Cerca de ella, la inocencia jugaba en silencio: sus dos pequeños hijos. El día parecía normal, pero el horror no avisa; se arrastra sin hacer ruido.

Las fauces de la bestia

De la espesura del monte brotó una sombra gris, veloz, implacable. No era un mito. Era una loba descomunal, empujada por un instinto feroz. En un parpadeo de terror puro, el animal ignoró los gritos desesperados de la madre, clavó su mirada en el objetivo más vulnerable y se abalanzó sobre el niño más pequeño.

José Tomás Pérez, de apenas 11 meses de vida, fue arrancado de la tierra entre colmillos.

La alerta roja sacudió al caserío. Los vecinos, armados con lo que el pánico les puso en las manos, corrieron detrás de la bestia en una persecución agónica. Lo lograron. Consiguieron arrebatarle el bebé de las fauces ensangrentadas. El niño respiraba, pero la maldición ya estaba echada. Unas horas más tarde, en el frío de la noche, el pequeño José Tomás exhalaba su último suspiro.

El monstruo sigue suelto

En cualquier película de terror, el monstruo huye tras el primer ataque. En la Galicia de 1974, la realidad fue más despiadada. La loba le había tomado el gusto a la carne humana. La paranoia se apoderó de cada hogar, las puertas se atrancaron y los ojos vigilaban las ventanas. Pero el horror siempre encuentra una rendija.

Solo cuatro días después, cuando el pueblo aún lloraba, la loba volvió a atacar. Esta vez no hubo milagro ni persecución a tiempo. El animal atrapó y asesinó a Pedro Javier Iglesias, un niño de tan solo tres años. Dos familias destruidas. Un pueblo sumido en el pánico absoluto. Los niños ya no eran niños; eran presas.

El final de la pesadilla

La tregua con la naturaleza se había roto. Comenzó una cacería implacable donde el hombre se vio obligado a convertirse en un depredador más letal que la propia bestia.

El clímax de esta película real llegó el 15 de julio de ese mismo año en Soutopenedo. Tras semanas de batidas, miedo y noches sin dormir, los cazadores arrinconaron a la loba asesina. Un disparo certero terminó con su vida, cerrando el capítulo más sangriento y terrorífico de la crónica negra española. La loba murió, pero el eco de sus aullidos y el recuerdo de aquellos dos niños quedaron enterrados para siempre en la memoria de Currás.

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