Viernes 12 de junio de 2026
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HOGARES PARTIDOS y un terco sismo que remueve lo que queda: el drama de BACHAQUERO

Hoy, la emergencia no es solo geológica; es una crisis de abandono donde los sobrevivientes se sienten invisibles ante un mundo que parece haber olvidado que ellos siguen allí, durmiendo entre escombros.

HOGARES PARTIDOS y un terco sismo que remueve lo que queda: el drama de BACHAQUERO
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Cinco meses han pasado desde que el sismo del 24 de septiembre de 2025 partió la tierra en Bachaquero y sus alrededores, sin embargo, para los habitantes de los sectores Raya Arriba, Santa Bárbara, Las Minas de Baquir, Puerto Escondido y Pueblo Aparte el tiempo se detuvo en el momento exacto en que sus techos tocaron el suelo. Hoy, la emergencia no es solo geológica; es una crisis de abandono donde los sobrevivientes se sienten invisibles ante un mundo que parece haber olvidado que ellos siguen allí, durmiendo entre escombros.

La actividad tectónica en la zona, lejos de cesar, mantiene un ritmo inquietante que justifica el pavor de los habitantes. Según el monitoreo actualizado de Funvisis, hasta este 2 de marzo de 2026, se han contabilizado un total de 275 sismos en la región, lo que representa un incremento de 13 eventos adicionales desde nuestro primer reporte.

De los 275 sismos, 262 han tenido una magnitud menor a 4.0, mientras que 13 se han ubicado en el rango crítico de entre 4.0 y 6.0.

El impacto destructivo se explica en la cercanía de las fracturas; 254 eventos ocurrieron a profundidades menores a 30 km, lo que genera una sacudida violenta en la superficie, mientras que solo 21 se registraron entre los 30 y 80 km.

Raya Arriba: Donde el hogar se volvió un "ranchito"

Para Lorena Cordero, docente del sector, la llegada de un equipo periodístico fue como ver a "superhéroes". Su gratitud nace del dolor: desde aquella noche trágica, nadie los había visitado. Lorena vio cómo su casa se partía en dos y descendía ante sus ojos. Hoy, la dignidad de una educadora se resguarda en un "ranchito" improvisado con láminas de zinc en el patio, donde sus hijos intentan dormir entre las pocas pertenencias que lograron rescatar.

"A veces mis hijos me dicen: ‘Mami, yo quiero tener mi cuarto’, pero la situación está dura para levantar mi casa. Me gustaría tener un hogar digno nuevamente, no un rancho que nos tocó parar para poder vivir", confiesa Lorena.

En su comunidad, el desamparo es colectivo: entre 64 y 69 viviendas quedaron destruidas. Su esposo, Edi Piña, refuerza el sentimiento de aislamiento: "Estábamos olvidados. Aquí tiembla 2 y 3 veces al día y nadie había venido siquiera a ver qué pasó".

El desespero de dormir con un ojo abierto y uno cerrado

La historia de Alicia Herrera, costurera de oficio, es una balanza donde la vida y el refugio pesan lo mismo. Alicia cuida de su hijo, cuya vida depende de una traqueotomía. Aquella noche del 24 de septiembre, el mundo de Alicia se dobló físicamente: el techo que protegía la frágil salud de su hijo se vino abajo y las paredes cedieron.

Hoy, Alicia vive una encrucijada que ninguna madre debería enfrentar. Con sus manos de costurera, sabe que si invierte los pocos recursos que genera en levantar un bloque, estaría quitándole el sustento a la salud de su hijo. "Yo espero que se apiaden, que esto llegue a oídos de quien pueda colaborar", clama entre telas y escombros. El terror en su hogar es literal y surrealista: en su patio, la tierra se abre en agujeros inexplicables, como si el suelo quisiera tragarse lo poco que queda. Alicia, en un acto de desesperación, intenta "tapar" esos agujeros con los mismos restos y escombros de las paredes que el sismo le arrebató.

Un poco más allá, a varías casas, el drama se vuelve silencioso y oscuro. Lila Lejera, de 65 años, sobrevive junto a su esposo anciano y su hijo de 50 años, quien perdió la vista hace años. Para ellos, el terremoto no fue solo un ruido; fue la destrucción de los mapas táctiles con los que su hijo se movía por el mundo. Sus hijas tuvieron que demoler las paredes que quedaron tambaleándose para evitar que una réplica sepultara al "cieguito", quien solía guiarse por esos muros para caminar.

Hoy, la familia Lejera habita un espacio que no tiene puertas. Lo perdieron todo. En el frente, un pedazo de cartón intenta detener el viento, mientras su hija Mariela Medina vigila el sueño de sus padres y su hermano con una frase que hiela la sangre: "Hay que dormir con un ojo cerrado y otro abierto". Para ellos, el "terremoto" no ha terminado; la pipa del agua todavía parece levantarse en el aire en sus recuerdos junto con el miedo de que "venga uno más grande", es la única constante en su hogar sin muros.

Santa Bárbara y Puerto Escondido: Cicatrices en el suelo

En Santa Bárbara, Nora Suárez tiene aproximadamente, seis décadas viviendo en la comunidad relata que jamás había visto la tierra "menearse" con tal saña, derribando cercas y paredes. Ella misma mantuvo por un tiempo determinado viviendo en lo que quedó de su casa, 28 familias. En ese sector, el colegio más de 40 casas se cayeron, como consecuencia de los temblores.

La situación se agrava en Puerto Escondido, donde la rotura del sismo pasó literalmente por los linderos de las casas. Allí, las familias han tenido que "remendar" sus hogares con bolsas negras de basura, pedazos de cartón y láminas de zinc para proteger a sus familias.

El testimonio de Leonardo Barrios, añade una imagen final impactante: los campesinos que bajaban del río relataban con asombro cómo el cauce "hervía como los volcanes" mientras la tierra se sacudía bajo sus pies.

Hoy, Bachaquero y sus alrededores, no solo lucha contra la profundidad de los sismos, sino contra la profundidad del olvido. Entre el rugido de la tierra y el silencio, miles de familias esperan que esta vez, alguien escuche su clamor.

Noticia Al Dia / Arelys Munda

Imágenes: Xiomara Solano

Videos: Isidro López

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